En los últimos años, las redes sociales han introducido cambios que, en apariencia, buscan proteger nuestra salud mental. Uno de ellos ha sido ocultar el número público de los “me gusta” en algunas plataformas.
La intención parecía clara: reducir la comparación constante y la presión social asociada a la popularidad digital.
Sin embargo, la realidad psicológica es más compleja. Aunque los likes ya no sean visibles para los demás, siguen siendo visibles para quien publica.
Y ahí es donde aparece el fenómeno que podríamos llamar “los likes invisibles”: interacciones que no están expuestas públicamente, pero que continúan influyendo en la autoestima de forma silenciosa.
La validación digital y el cerebro emocional
Nuestro cerebro está diseñado para responder al reconocimiento social. Desde una perspectiva evolutiva, pertenecer al grupo ha sido clave para la supervivencia. El rechazo, por el contrario, activaba señales de amenaza.
Cuando recibimos una notificación, un comentario o un “me gusta”, se activa nuestro circuito de recompensa cerebral, mediante la liberación de dopamina. Sucede lo mismo con las adicciones a sustancias (alcohol, cocaína) o al juego. Así pues, no es una casualidad que muchas personas describan una pequeña sensación de placer o alivio al comprobar que su publicación ha tenido interacción. La dopamina no distingue entre una felicitación en persona y una notificación gratificante en pantalla.
El problema no reside en esa respuesta biológica. El riesgo aparece cuando comenzamos a asociar la interacción digital con nuestro valor personal. Cuando el número de respuestas se convierte, de manera inconsciente, en una medida de aceptación, atractivo o relevancia.
En ese momento, nuestra autoestima empieza a depender de una “fuerza” externa que no podemos controlar.
La metáfora del algoritmo como espejo distorsionado
Las redes sociales y los sistemas de inteligencia artificial funcionan a través de algoritmos que priorizan determinados contenidos según múltiples variables: tiempo de visualización, tipo de interacción y frecuencia de uso (entre otros factores). Reflejan así una realidad que han sesgado automáticamente, sin intención ni juicio, siguiendo determinados parámetros. Esto explica la metáfora de un espejo distorsionado asociada al algoritmo.
Si una publicación recibe pocas respuestas, es frecuente los usuarios tengan pensamientos negativos como: “No soy interesante”, “No le importo a nadie” o “He dicho algo incorrecto”.
Es decir, no interpretan la baja interacción como una cuestión técnica deformadora de la realidad, sino como un espejo real que muestra lo que suponemos para la sociedad.
Este fenómeno es especialmente significativo en adolescentes y adultos jóvenes, etapas en las que la identidad todavía se está consolidando. Pero también afecta a personas adultas, especialmente cuando las redes forman parte de su entorno profesional o social habitual.
El no recibir interacciones tiene un importante impacto, porque puede sentirse como una forma de silencio social. Y el silencio, en términos psicológicos, muchas veces se interpreta como rechazo.
La comparación que no desaparece
Uno de los argumentos para ocultar los likes públicos era reducir la comparación constante. Sin embargo, la comparación no ha desaparecido; simplemente se ha circunscrito al ámbito privado.
Muchas personas revisan de forma repetida las estadísticas de sus publicaciones, comparan su alcance con el de otros perfiles o eliminan contenidos que “no han funcionado”. Aunque los números no estén expuestos públicamente, siguen operando como referencia interna para el autor.
Este tipo de dinámicas puede generar ansiedad anticipatoria antes de publicar, autoexigencia excesiva, perfeccionismo extremo o incluso evitación por miedo a ser ignorado. Algunas personas reconocen que dejan de compartir contenido por miedo a no obtener respuesta. Otras experimentan cambios en su estado de ánimo en función de las métricas.
Vivimos en un entorno digital, diseñado para fomentar la interacción constante y la atención social mantenida, que hace sentir frágil la individualidad.
Cuando la identidad se vuelve digital
El riesgo mayor no está en usar redes sociales, sino en permitir que se conviertan en el principal espacio de validación. Cuando la autoestima depende en exceso de la respuesta externa, se vuelve más vulnerable a las fluctuaciones del entorno y se transforma en una autoestima puramente digital.
La identidad digital —la imagen que proyectamos y la reacción que genera— puede comenzar a mezclarse con la identidad personal. Si una publicación tiene éxito, la percepción de uno mismo mejora. Si no lo tiene, aparece la duda.
Este vaivén puede resultar emocionalmente agotador. A largo plazo, puede contribuir a una sensación de inseguridad persistente o a una búsqueda constante de aprobación.
Recuperar el equilibrio
No se trata de demonizar las redes sociales ni de proponer una desconexión total como única solución. La clave está en revisar la relación que mantenemos con ellas.
Es útil preguntarse qué nos mueve a publicar: ¿es la necesidad de expresar o la expectativa de respuesta? También puede ser saludable establecer límites en la revisión de métricas, evitar la comparación constante, fijarse expectativas realistas y recordar que el algoritmo no mide el valor humano, sino datos relacionados con patrones prefijados y encaminados a determinados intereses.
Fortalecer la autoestima implica construir una base interna más sólida, menos dependiente de la validación digital inmediata. Para conseguir esta autenticidad personal hay que desarrollar el autoconocimiento, la coherencia con uno mismo y es vital buscar espacios de reconocimiento fuera del entorno digital.
Las relaciones presenciales, las conversaciones significativas y los logros personales que no se comparten públicamente siguen siendo pilares fundamentales para el bienestar psicológico.
Una pregunta necesaria
Vivimos en una época en la que gran parte de nuestra interacción social ocurre a través de pantallas. Ignorar su impacto no es realista. Pero tampoco lo es permitir que definan nuestra identidad.
Quizá la pregunta no sea cuántos likes recibimos, sino cuánto influyen en cómo nos sentimos con nosotros mismos.
Si el estado de ánimo cambia en función de la respuesta digital, puede ser momento de reflexionar sobre esa dependencia. La autoestima saludable no se construye en función de métricas variables, sino a partir de una valoración interna estable.
Los likes pueden ser invisibles para los demás.
Pero sus efectos, cuando no se gestionan, pueden sentirse muy presentes por dentro.
Y tú, ¿en qué punto estás?
Si notas que tu estado de ánimo cambia en función de la respuesta que recibes en redes, que dudas más de ti cuando una publicación no tiene interacción o que necesitas comprobar constantemente las métricas para sentir tranquilidad, esto no es algo superficial ni banal.
La autoestima digital es una realidad psicológica de nuestro tiempo, que no podemos banalizar porque refleja el poder de lo virtual sobre la realidad.
Si sientes que este tema te está afectando, estamos aquí para acompañarte.
En terapia podemos trabajar la relación con la validación externa, fortalecer tu seguridad interna y ayudarte a construir una autoestima menos dependiente del entorno digital.
Puedes contactar con nosotras y dar el primer paso hacia una relación más sana contigo y con tu mundo online.






