Cuando la queja deja de ser un desahogo y se convierte en una forma de vida
Parecen iguales, pero no son lo mismo la queja y el desahogo. Ambos pueden ser utilizados (en cortos periodos de tiempo), como instrumentos para liberar situaciones de estrés y ayudar a gestionar la frustración. Pero, el desahogo consigue que nos liberemos emocionalmente y luego nos sintamos mejor y en cambio, la queja, posee un punto de cronicidad y repetición, que nos instala en una especie de día de la marmota lastimero.
Quejarse es humano y es una realidad que todos necesitamos quejarnos de vez en cuando: por dolor, frustración, para pedir ayuda o simplemente de descargar tensión emocional.
El problema no es la queja.
El problema aparece cuando la queja deja de ser una parada y se convierte en un destino.
En consulta veo con frecuencia personas que llevan mucho tiempo contando la misma historia. Personas que conocen perfectamente aquello que les molesta, que les hace daño o que les impide avanzar. Lo han pensado, analizado y explicado una y otra vez.
Y, sin embargo, nada cambia.
Porque hay una diferencia importante entre expresar lo que sentimos y quedarnos atrapados en ello.
El desahogo tiene una función
Cuando algo nos duele, necesitamos sacarlo fuera.
Hablar de ello puede ayudarnos a ordenar lo que sentimos, a comprendernos mejor y a sentirnos acompañados. Por eso muchas veces animo a las personas a poner palabras a lo que les ocurre.
Lo que sentimos necesita espacio, pero el desahogo no está diseñado para ser una casa. Está diseñado para ser un puente.
Un lugar de paso.
¿Qué ocurre cuando nos instalamos en la queja?
Hay personas que llevan tanto tiempo enfocadas en lo que no funciona que han dejado de preguntarse qué pueden hacer con ello, ignorando oportunidades y soluciones.
Su conversación gira siempre alrededor del problema.
La energía se invierte en explicar una y otra vez por qué las cosas están mal.
Y además, acaban aisladas socialmente por su negatividad, que hace que los demás las eviten.
Y poco a poco aparece una sensación de estancamiento.
Por otro lado, la queja ofrece algo engañosamente cómodo: nos permite sentir que estamos haciendo algo porque hablamos del problema constantemente.
Pero pensar en el problema no es lo mismo que enfrentarlo.
Analizar no es transformar.
Expresar no siempre significa avanzar.
El cuerpo también se acostumbra
Cuando repetimos durante mucho tiempo los mismos pensamientos, las mismas conversaciones y las mismas emociones, nuestro cuerpo aprende ese camino.
- La frustración se vuelve familiar.
- La impotencia se vuelve conocida.
- La sensación de no poder hacer nada termina pareciendo normal.
Y entonces aparece una paradoja: la situación nos hace sufrir, pero al mismo tiempo nos resulta conocida. Y lo conocido, aunque duela, da una falsa sensación de seguridad.
El momento incómodo que nadie quiere atravesar
Llega un punto en el que la pregunta ya no es: “¿Por qué me pasa esto?”
Ni siquiera: “¿Cómo me siento con esto?”
La pregunta pasa a ser: “¿Y ahora qué?”
Y esa es una pregunta incómoda.
Porque nos devuelve una parte de responsabilidad.
No sobre lo que nos ocurrió.
Tampoco acerca de lo que nos hizo daño.
Sino sobre lo que vamos a hacer a partir de aquí.
De la queja a la acción
No siempre podemos cambiar las circunstancias ni conseguir lo que queremos. Pero casi siempre podemos decidir cuál será nuestro siguiente paso y transformar la queja en acción y esto…
- A veces será poner un límite.
- En otras ocasiones pedir ayuda.
- Puede ser, simplemente, aceptar algo que no podemos controlar.
- O quizá, atrevernos a hacer algo que llevamos meses o años posponiendo.
Lo importante es recordar que quejarse, en sí mismo, no es el final, sino el inicio de un proceso de búsqueda de soluciones a determinadas situaciones que no nos hacen felices.
Y… ¡Es muy importante practicar la gratitud! Identificar y valorar todo lo positivo que contiene nuestra vida cambia nuestra perspectiva y aumenta nuestro optimismo ante lo bonito de las pequeñas cosas.
Quizá no se necesita seguir entendiendo, sino empezar a moverse
Hay momentos en los que necesitamos entender qué nos ocurre. Poner nombre a lo que sentimos. Dar sentido a nuestra historia.
Pero también, hay veces que, el seguir analizando, deja de aportar claridad y empieza a convertirse en una forma de permanecer inmóviles.
Y no es porque no queramos avanzar…que sí queremos. Pero actuar puede implica saltar al vacío, equivocarnos, enfrentarnos…Y eso da más miedo que seguir dándole vueltas al problema.
Por eso la queja puede convertirse en una trampa sigilosa. Nos mantiene conectados con nuestro malestar, pero nos aleja de las soluciones. Nos da la sensación de estar ocupándonos de lo que nos pasa cuando, en realidad, seguimos en el mismo lugar.
Quizá no se trate de dejar de hablar de lo que preocupa. Ni de obligarte a ser positivo o de encontrar una solución inmediata.
Quizá se trate simplemente de preguntarte cuál es el siguiente paso posible.
Aunque sea pequeño, o imperfecto. Uno que puede que no resuelva toda tu vida, pero que te saque del punto en el que llevas demasiado tiempo detenido.
Sí, es importante parar y escucharse. Pero también hay momentos en los que es necesario que nos pongamos en pie y empecemos a caminar.
¡Y por supuesto! No hay que olvidar la importancia que tiene rodearse de personas con mentalidad positiva. Esas, constructivas y optimistas, que aprenden de sus errores y superan los desafíos. Estas personas nos contagian su bienestar y su entusiasmo y nos hacen ver todo lo bonito que hay en nuestra vida para que podamos agradecerlo y, ya se sabe, el agradecimiento es el primer peldaño que lleva a la felicidad.
Con amor,
Regi





