¿Por qué sentimos que estamos llegando tarde en la vida?

Se trata de una crisis vital muy frecuente y que va en aumento, por la presión social y la influencia de las redes sociales.

Es muy típico: una persona, que al llegar a determinada edad, empieza a sentir una incomodidad difícil de explicar.
No siempre es tristeza.
Tampoco es siempre es ansiedad.
A veces es, simplemente, una sensación constante de estar “descolocada” y como orbitando fuera del resto de gente, que antes era nuestro contexto.

Como si la vida que tienes no se pareciera a la que imaginabas hace diez años.

Llegas a los 32, 35 o 39 y, de repente, empiezan las comparaciones silenciosas: quién ya tiene hijos, quién compró una casa, quién parece estable, quién encontró pareja, quién tiene un trabajo fijo, quién “ya sabe lo que quiere”.

Y entonces aparece la pregunta: “¿Estoy llegando tarde?”

Aunque pocas personas lo digan en voz alta, esta sensación es mucho más común de lo que parece.

La edad en la que pensábamos que todo estaría resuelto

Muchos crecimos con una idea bastante clara de cómo sería la adultez.

A cierta edad tendríamos estabilidad.
Una relación consolidada.
Quizá hijos.
Un trabajo definido.
Una sensación de seguridad interna.

Pero la realidad emocional y social actual no funciona así.

Vivimos en la era de la información. La sociedad marca las pautas y nos indica como debe ser una vida “correcta” El bombardeo informativo hace que existan más alternativas y opciones que nunca, tantas que pueden llegar a paralizarnos. Y eso genera algo agotador: la sensación de tener que tomar decisiones trascendentales de forma continua rodeados de otras personas, que siempre las sentimos como “más adelantadas”

La comparación ya no ocurre solo en reuniones familiares

Antes las comparaciones aparecían de vez en cuando: en bodas, cumpleaños o comidas familiares.

Ahora, están en el móvil todos los días.

Vemos embarazos, ascensos, casas nuevas, viajes, compromisos, rutinas perfectas y vidas aparentemente resueltas mientras nosotros seguimos dudando sobre decisiones básicas.

Y aunque racionalmente sabemos que las redes sociales muestran solo una parte de la realidad, emocionalmente es difícil no compararse.

Porque la comparación es una necesidad humana, pues nos ayuda a autoevaluarnos, sobre todo cuando buscamos valoración. Y aunque, a veces, su motor es la necesidad de reforzar nuestro ego, muchas nace del miedo:

A quedarse atrás.
O a haber tomado malas decisiones.
En definitiva, miedo a no construir “a tiempo” la vida que imaginábamos que deberíamos tener y que genera un duelo del que casi nadie habla.

Los tiempos de los demás

La trampa de medir la vida con los tiempos de otros

Uno de los grandes problemas, muy presente en la actualidad, es que hemos aprendido que debemos medir nuestro valor según una serie de hitos sociales establecidos.

Como si existir fuese una carrera con plazos concretos que deben cumplirse a cierta edad:
una pareja,
ser estable económicamente,
tener claro quién eres.

Pero la vida real no funciona en línea recta.

Hay personas que encuentran estabilidad a los 25 y otras a los 45.
Personas que descubren quiénes son al empezar de nuevo después de una ruptura, un cambio de trabajo, una mala racha….

Y aunque nos cueste aceptarlo, muchas veces crecer implica, precisamente, desmontar la vida que pensábamos que era la que queríamos.

No siempre estamos perdidos: a veces estamos  replanteándolo todo

Hay una diferencia importante entre estar perdido (no saber hacia donde ir) y empezar a cuestionar cosas que antes dabas por hechas (darse cuenta que el mapa que usabas no sirve ya).

Muchas personas entre los 30 y los 40 revisan sus modelos de vida y ven que no encajan con ellos….

Y empiezan a cuestionarse sus relaciones, el cómo se vinculan a otros.
Analizan lo idóneo de su trabajo.
Se preguntan cuál es su idea de éxito.
Argumentan la manera de validarse a sí mismos .

Y, aunque todo ello se siente como una crisis y produce incomodidad o ansiedad, también puede convertirse en un punto de reconstrucción personal muy importante y enriquecedor que nos va a ayudar a crecer.

Porque quizá el problema no sea “ir tarde”.
Quizá el problema sea haber vivido demasiado tiempo intentando cumplir expectativas que nunca fueron realmente propias.

Entonces, ¿por qué sentimos que vamos tarde?

Porque vivimos rodeados de referencias constantes sobre cómo “debería” verse una vida adulta y nos marcamos unas expectativas que, realmente, no son las nuestras.

Nos comparamos incluso cuando intentamos no hacerlo.

Muy pocas veces hablamos honestamente de la confusión, la presión y el miedo que aparecen en etapas en las que nos encontramos descolocados.

Además, tenemos inculcada la idea de que crecer siempre es avanzar.
A veces crecer consiste en parar, replantearse cosas y buscar y aceptar nuestro camino real, que no tiene por qué coincidir con el que imaginábamos.

Quizá no estás llegando tarde.
Quizá simplemente estás dejando de construir una vida basada en lo que se esperaba de ti para empezar a construir una más propia.